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Reyes, princesas, caballeros, vasallos, pajes… son personajes de cuento que un día habitaron un mundo real. España es un gran ajedrez con más de seis mil castillos, torres, palacios, alcázares, atalayas… elementos defensivos de los pueblos y playas de la Península que nos permitirán entretener a niños y mayores mientras recrean la historia.

Visitar los castillos de España es adentrarse en la historia y cultura de los pueblos de Europa: griegos, romanos, celtas, franceses, ingleses, turcos… Alejados de las carreteras, con su torre del homenaje vigilante allá en lo más alto del monte, parecen seguir defendiéndose del paso del tiempo, que ha hecho mella en muchos de ellos. Castillos medievales, levantados a medida que avanzaba la Reconquista y concebidos para refugiar a la población entre sus anchos muros; renacentistas, barrocos; torres fortificadas construidas frente al mar para evitar los ataques de los berberiscos, o ya en los siglos XVI y XVII de los piratas más temibles que asolaban las costas.

Como si de un cuento se tratara, qué mejor comienzo que la Alhambra de Granada, verdadera ciudad fortificada, rodeada de palacios, fuentes y jardines propios de Las mil y una noches; la Alhambra cuya pérdida lloró el rey Boabdil al entregar la ciudad de Granada a los Reyes Católicos y encaminarse al castillo de Mondújar, hoy sólo ruinas, donde estaba enterrada su esposa.

Árabes son también el castillo de Calatayud (Zaragoza), conquistado por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, tras su exilio de la corte castellana y cuya batalla se describe en el Cantar de Mío Cid; la alcazaba de Mérida, de imponentes murallas y de la que se conserva un bello aljibe en el centro de la edificación, mandada construir por Abderramán II; o la Aljafería de Zaragoza, transformada en palacio fortificado por Abu Jafar.

La Edad Media llena la península Ibérica de caballeros y órdenes de caballerías, como los templarios, muy temidos por su esfuerzo y arrojo en las batallas. Se dice que el castillo de Ponferrada, su fortaleza más conocida en España, se comunica mediante túneles con los castillos de Cornatel, el monasterio de Carracedo y el castillo de Monforte de Lemos (en Galicia), por donde huían los templarios cuando eran asediados. La orden de Calatrava tenía su sede central en el castillo-fortaleza de Calatrava la Nueva (Ciudad Real), que fue uno de los mayores edificios de este tipo en España.

Pero tal vez la fortaleza más importante de esta época sea el castillo de Loarre (Huesca). Mandada construir sobre los restos de un anterior edificio romano por orden de Sancho Ramírez I de Aragón, el castillo sirvió en ese momento como palacio real, para convertirse a partir del siglo XII en convento de la orden agustina.

Por su parte, la historia del castillo de Arévalo (Ávila), rodeado por el típico paisaje castellano de tonos ocres, aparece ligada a la de la infeliz Blanca de Borbón, hija del duque de Borbón e Isabel de Valois, que tres días después de contraer matrimonio con Pedro I el Cruel es abandonada por su marido, el cual prefirió los brazos de María de Padilla.

Durante el Renacimiento los castillos sufren importantes modificaciones en sus estructuras debido a la necesidad de resistir al empleo generalizado de armas de fuego. Se hacen más pequeños, con torres redondeadas, y se abren huecos en los muros para dar cabida a los cañones. Sirvan como ejemplos los castillos de Berlanga de Duero (Soria), ejemplo de ciudad fortificada que, si en un primer momento sirvió para proteger el avance cristiano hacia el sur, a partir del XV se va transformando en una mera vivienda señorial; el castillo de los condes de Cabrera en Chinchón (Madrid), o el castillo de Grajal de Campos (León), del siglo XVI, una fortaleza artillera por excelencia, con un gran cuadrado protegido por cubos en los ángulos y numerosas troneras abiertas en los muros coronadas con pretiles y almenas.

Por su parte, Rodrigo de Mendoza, marqués de Cenete e hijo del gran cardenal Mendoza, mandó construir en La Calahorra (Granada), una fortaleza que parece como sacada de una alucinación, aislada en medio de un páramo y con el paisaje de fondo de Las Alpujarras. El aspecto exterior más bien inhóspito oculta sin embargo un palacio renacentista con todas las comodidades de la época.

Las costas españolas están sembradas de castillos y torres vigía, siempre alerta ante los posibles ataques por mar de piratas y naves enemigas. En A Coruña, el castillo de San Antón ha ganado fama por la defensa encarnecida de la ciudad frente a los ataques encarnecidos del corsario inglés Drake, de cuya huida tuvo gran culpa María Pita, heroína de la ciudad. El castillo de Santa Bárbara, en Alicante, ha expulsado de sus aguas a franceses, ingleses, árabes, e incluso a los rebeldes cantonalistas de Cartagena (Murcia).





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