Fue el fulgurante éxito de Adrià en la lista el que prendió la chispa del ascenso de España al Olimpo internacional de la gastronomía.

Por Xavier Agulló para SPN Magazine

El propio Ferrán, los hermanos Roca, Arzak y Aduriz estaban (y están) fijos entre los 10 primeros. Ferrán aprendió a publicitar, explicar y comunicar el valor real de estos chefs, y de otros clasificados en puestos más bajos de la lista británica, cocineros que han marcado el ritmo de la vanguardia gastronómica en los últimos 15 años. En términos aritméticos, el año pasado España y Portugal fueron los países que más cocineros colocaron en la lista de los 50 mejores del mundo. Esto se lo debemos al genio de Adrià y a la mirada fascinada de los ingleses (y del mundo entero) sobre nuestra cocina contemporánea. Y se lo debemos también, irónicamente, a la guía Michelín, porque su trayectoria arcaica y chovinista había aburrido a todo el planeta y, ya se sabe, «toda acción genera una reacción». Pero aunque la lista World's 50 Best, con sus 900 votantes de todo el mundo, ha colocado a España en lo más alto, no debemos olvidar todos esos sospechosos ejemplos que se han tratado de ocultar, sobre todo en los últimos años. Esta lista ha sido acusada incluso de tener jueces que votan por restaurantes que nunca han visitado. David Muñoz lo confirmó votando por Alinea, de Chicago, un restaurante en el que nunca había estado. De modo que, sorprendido, me pregunto, ¿quién le obligó a votar?  Es más, ¿por qué votó por ese restaurante en particular? Sin embargo, desde un punto de vista matemático, parece que un número de votantes suficientemente grande (repito, 900) puede crear muchos grupos, cuya intersección (tras compromisos y deliberación) da lugar a la lista. En todo caso, es un formato como cualquier otro, y mejor, en mi opinión, que el capricho de unos pocos inspectores convertidos en marionetas. Lo cierto es que la lista World's 50 Best, y la mayoría de los participantes del sector coinciden en ello, es la relación más fiable de los restaurantes que despuntan cada año. Y en otro formato, con una energía mucho más positiva y moderna que las estrellas Michelín a la hora de clasificar restaurantes para el público actual y de «vender» gastronomía con un estilo propio del siglo XXI. Con estos parámetros, independientemente de la valoración que merezcan, España se las ha arreglado para entrar en el Parnaso de la gastronomía internacional, con todo lo que eso ha conllevado y aún conlleva para todos desde la perspectiva social y económica. Y, al fin y al cabo, eso es lo que importa, ¿no?




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