De la guía Michelín a la lista World’s 50 Best Restaurants: el momento clave



La guía Michelín siempre se ha mostrado muy pagada de sí misma, a pesar de ser criticada y odiada, ya se sabe: «toda publicidad es buena». Incluso después de que el legendario Christian Millau, creador de la guía Gault Millau en los días de la Nouvelle Cuisine, la comparara con una «guía telefónica», el hecho de ser única en su especie la convirtió en un tirano incompetente.

Por Xavier Agulló para SPN Magazine

Pasaron los años y la guía roja parecía la única especie habitante de un parque temático, preocupada solo por conservar en la cumbre los anacronismos franceses año tras año y haciendo algún que otro jugoso negocio más allá de Europa. Las protestas se intensificaban con cada edición, con gran hostilidad desde España, que era la gran olvidada a pesar de la «revolución» global. Pero, ¿y qué?  Una guía privada puede hacer lo que quiera, no olvidemos que la tercera estrella de Ferrán llegó dos años tarde. Poco después del suicidio de Bernard Loiseau y de las quejas del New York Times, que declaró la «irrealidad» de los «macarons» (como los franceses llaman a las estrellas de la guía), Pascal Remy, antiguo inspector de la guía, reveló el otro lado de la guía Michelín, el más oscuro. En su libro «L'Inspecteur se met a table» («El inspector se sienta a la mesa») hablaba sobre «la rebaja de los criterios de calidad, las visitas infrecuentes, las deficientes condiciones y, lo peor de todo, el desvergonzado favoritismo por ciertas marcas...» Para añadir más leña al fuego, en España se hablaba de sobornos a cambio de favores. Y entonces, un buen día aparecieron los ingleses.  Al principio no fue más que la novedad, pero poco a poco, año tras año, su lista se hizo mucho más real, más justa, más acorde con lo que realmente estaba pasando en el mundo. En la lista World's 50 Best, Francia tenía una presencia discreta, incluso entre los 10 primeros.  Guau, eso sí que era novedoso.  La guía Michelín sintió el aliento de Londres sobre su conservador cuello. Años más tarde, de forma lenta pero segura, la capital inglesa se convirtió en el centro de la gastronomía a principios de cada año, en la gala de presentación de la lista World's 50 Best.  Y Michelín temblaba. El que había sido su símbolo de estatus, de conservadurismo, lujo y seriedad, se tambaleaba al borde del abismo. Y los retumbantes ecos del Big Ben llegaron a París marcando las horas de una nueva era. Y así, con el furor del converso, se pasó al otro lado, a la postmodernidad más banal que tanto había despreciado, aunque en los últimos años ha moderado su inicial «actualización» forzada y desorientada. Pero las tornas ya se han cambiado.  




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